Posteado por: literartevueltabajero | 3 febrero, 2010

Un héroe de verdad

En las nuevas batallas que vive nuestra Patria no está ajeno el homenaje a la memoria de cientos de pinareños, y entre ellos el recuerdo inolvidable de Orlando Nodarse Verde.

En en su ausencia física imaginamos tal vez cuántas cosas buenas a favor de la Revolución hubiese hecho Orlando Nodarse después del alba del primero de enero de 1959.

La vida de este hombre, que no sobrepasaba los 25 años de edad al morir, fue hasta 1952 como la de cualquier joven cubano: llena de aspiraciones, sueños, alegrías, deseos de vivir. Pero el artero golpe de estado del 10 de marzo con el que Fulgencio Batista dio inicio a siete años de una de las dictaduras más sangrientas de la historia de Nuestra América, derribaría todas estas ilusiones, y Orlando sentiría desde entonces los deseos de destronar al tirano que desde el cuartel de Columbia llenaría de oprobio e ignominia a la Patria.

Cuenta Francisco Vega (Paquito), amigo y compañero de lucha en entrevista realizada después del triunfo de la Revolución a la revista Bohemia: “Los más cercanos a él vimos que su ansiedad de lucha tomó cauce después del asalto al Cuartel Moncada, cuando decía que Fidel era el hombre que iba a liberar a Cuba y que las armas eran la única vía por la que se iba a sacar a Batista. Tenía una frase que a nosotros nos provocaba algunas veces un poco de risa por la forma en que lo decía: A tiro limpio contra el tirano, cuando se fundó el Movimiento 26 de Julio el fue uno de los primeros en enrolarse”.

Orlando Nodarse fue de aquellos jóvenes que al igual que los de la Generación del Centenario, juró derrocar al tirano para obtener la libertad o hallar la muerte en su empeño.

Agustín Navarrete, miembro de la dirección del 26 de Julio en Santiago de Cuba expresa lo siguiente: “Cuando fuimos a ver al encargado de conseguir las armas que se iban a mandar para la Sierra Maestra desde La Habana, nos preocupamos un poco, al ver lo joven que era para esa responsabilidad, pero después nos tranquilizamos al ver su madurez y responsabilidad para el trabajo, sus ideales tan puros, que pronto sentimos no sólo identificación con él, sino hasta respeto y cariño”.

Con el transcurso de los meses de lucha Orlando se ganó los grados de comandante del 26 de Julio y ya había sufrido en carne propia los horrores de las más terribles torturas que puede soportar un ser humano en los calabozos de las estaciones de la policía batistiana, sin que de sus labios pudieran sacar palabra alguna sus captores. Sin embargo, ya estaba fichado por las hordas sangrientas de Batista y el sanguinario coronel Esteban Ventura, conocido como el Chacal de La Habana, lo tenía “atravesado” y le había firmado su sentencia de muerte.

Ángela Alonso González, conocida cariñosamente por Lila, quien fuera su compañera de lucha y sentimental, narra después de los primeros meses de 1959 los últimos momentos en la vida de este abnegado hombre: “Después de envenenar las raciones de carne que iban con destino a la finca Ku-quine, propiedad de Batista, y a otros lugares comerciales con pastillas toxicas, él agarró varias de estas pastillas y las guardó en el bolsillo de su jaket y me dijo: Lila, estas son para mi, ningún esbirro me va a volver a poner las manos encima y mucho menos va a intentar hacerme hablar”.

Transcurre la mañana del 20 de enero de 1958 y Lila le pide a Orlando almorzar juntos en su casa e invitar a Agustín Navarrete y su esposa antes de que estos fueran con él a recoger algunos pertrechos que iban a enviar a la Sierra Maestra (pistolas, medicinas, ropas, botas, etc.). No se habían dado cuenta que Orlando había sido objeto de una delación y en instantes la policía batistiana rodearía la casa de Lila, sita en la calle O’Farril #213.

Así narra Navarrete el desenlace fatal: “Sentimos un toque mesurado casi familiar, entonces Lila le dice a su niña Elenita que abra la puerta, y cuando la niña abrió resultaron ser los esbirros que venían por Orlando y gritaron ¡date preso Nodarse!, yo traté de sacar mi pistola y él me dijo en tono bajo que no y después se dirigió al jefe de los esbirros (más tarde supe que era el asesino coronel Carratalá) que nosotros (mi esposa y yo) éramos vecinos y que no teníamos nada que ver con aquello, y lo dijo tan sereno que los matones aquellos se lo creyeron, luego sacó suavemente su pistola y la puso sobre la mesa. El jefe de los sicarios le puso una mano sobre los hombros y le dice: Ya tú sabes lo que te espera, y él con una sonrisa serena que a mi me puso los pelos de punta, (pues ya habíamos conversado sobre su próxima captura y su decisión) le responde: Eso te crees tú”.

Asombra la entereza con que Orlando decidió poner fin a su vida antes de rendirse a los sicarios del régimen dictatorial. Delante de sus captores y de forma tranquila sacó las pastillas del bolsillo de su jaket y le dijo a los esbirros en forma pausada que dejaran a su compañera Lila que le alcanzara un vaso de agua para tomarse unas pastillas para el dolor de cabeza, pues le dolía un poco, cuenta ella “que se le pusieron los pelos de punta y las piernas le temblaron, pero él con tono suave pero enérgico a la vez le dijo: Es una orden Lila, no me falles”.

Así delante de sus captores, inútiles y miopes ante tanta grandeza, puso fin a su vida este joven revolucionario. Han pasado más de 40 años de esta lamentable pérdida no sólo para las tierras pinareñas, sino para Cuba, pues de vivir sus servicios a la Patria hubiesen sido muy valiosos. Nos queda como consuelo evocar su memoria y su digna labor en beneficio de la Patria agradecida y recordar las palabras de nuestro Apóstol José Martí: “De los hombres buenos y dignos, tenemos la obligación de recordar todo, y no tanto la forma en que mueren, sino la forma en que viven y perduran para siempre”.


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