Posteado por: literartevueltabajero | 4 febrero, 2010

Papel higiénico ilustrado

A espaldas de Beethoven, emprendedores avivatos han utilizado impunemente su “Para Elisa” para vender más helados. Algo similar  está sucediendo con los clásicos, definidos como aquellos iluminados de los que todos hablan y pocos han leído.

Homero, Shakespeare, Cervantes, escribieron sus ficciones sin imaginar que en tiempos del cartagenero Hay Festival, imprimirían su obra en papel higiénico para que el bobo sapiens la lea en el baño. Terminada la faena, el destino de ese papel no puede ser más infeliz.

De este atentado contra la estética vienen lucrando emprendedores españoles. Emprendedor es todo sujeto capaz de crear una empresa a partir de un suspiro, o de la huella que deja un pájaro en el viento.

En este caso partieron de una obra de teatro, “Emprendedores”, en la que se recrea el azar del empresario que se llena de euros imprimiendo clásicos en  papel higiénico. El autor, Raúl Camarero, ganó premio en un festival en Sevilla.

Este Camarero, que se convirtió después en  uno de los fundadores de la empresa Raulete, ha dicho con desparpajo de ideólogo: “Surge aquí un conflicto interesante: limpiarse el trasero con una obra de arte, o (enfrentar) el dilema moral que esto representa”.

La costumbre de leer en el baño es vieja como el olvido. Los varones se eternizan en el baño hasta despachar  todo el periódico.  Tardan tanto en ese ritual,  que las esposas alcanzan a aplaudir porque asumen que su principal proveedor de estrés -y de ira-  se fue por el inodoro.

El menú de lecturas en el baño se enriqueció  con el  papel higiénico ilustrado que solo se vende a través de Internet.

Por lo pronto, los empresarios imprimen obras de escritores fallecidos quienes, por tan perogrullesco motivo, no pueden cobrar derechos de autor. Escrito está: ¿Después de muerto, quien vive?

No sólo se imprimen clásicos literarios. También sufren los horrores de esta publicidad joyas como el confuso Apocalipsis, el Cantar de los Cantares o El libro tibetano de los muertos.

El producto está disponible en colores blanco, naranja y rosa, dependiendo de las aberraciones sexuales y literarias del cliente que siempre tiene “la razón de la sinrazón”.
Si el lector es cegatón,  no se preocupe, caballero, que se lo imprimen en 18 ó 20 puntos. Completa satisfacción o la devolución de su dinero. (Lo que nadie puede devolver es el tiempo perdido en una lectura inútil).

Los rebuscadores escatológicos, para utilizar una expresión benévola, aclaran que, si algún escritor vivo desea que su obra sea impresa y leída en ese sitio que nos nivela a todos por lo bajo, lo puede hacer saber.

La noticia me produjo “escaramucia” terror-pánico, porque la modalidad se puede extender a los periódicos. Cualquier “enemigo íntimo” podrá ordenarles a los emprendedores: despáchenme veinte rollos del fulano ese. No precisamente para leerlo.

Por Oscar Domínguez G. (Colaborador de Prensa Latina)


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