Posteado por: literartevueltabajero | 5 febrero, 2010

El Mayor quiere que le escriban

Amalia Simoni esposa de Ignacio Agramonte

“¡Cuántos sueños de amor y de ventura, Amalia mía! Los únicos días felices de mi vida pasaron rápidamente a tu lado embriagado con tus miradas y tus sonrisas. Hoy no te veo, no te escucho, y sufro con esta ausencia que el deber nos impone (…) y luego, el no saber ni de ti ni de nuestros chiquitines aumenta mi anhelación constante.” Así escribió Ignacio Agramonte  a su esposa Amalia Simoni en carta del 1 de julio de 1871.

Estas líneas hablan de la estatura humana  del Mayor que un 11 de mayo de 1873 murió en nombre de Cuba Libre. El héroe que cabalgó rumbo a la independencia patria, también necesitaba palabras de Amalia: “Escríbeme, amor mío, escríbeme mucho sobre ti; con los detalles de cada cosa. Tú sabes cuánto me interesan. Tus cartas podrán endulzar mucho el sufrimiento de ausencia tan dilatada” expresó en otra misiva del 19 de noviembre de 1872.

Quien había echado su suerte con los hombres de la guerra  decía a su Ángel -como él mismo la definía- que su salud  se mantenía inalterable, que no carecía de nada indispensable porque la experiencia lo había enseñado a proveerse del enemigo, y que no creyera en lo que afirmaba el enemigo en los periódicos porque mentían “con sin igual descaro”.

Del aliento de Amalia necesitaba Ignacio para abrigarse en medio de la barbarie de la guerra. Quería saber de su madre, sus hermanos y sus hijos. “A Ernesto y a Herminia háblales con frecuencia de su papá, educa y forma sus corazones tiernos a semejanza del tuyo; que cuando encuentren en ellos tu retrato y tu alma, mi cariño y mi satisfacción no tendrá límites. Dales un millón de besos. ¡Quién viera a nuestros ángeles!”

Agramonte  confiaba en la dicha del futuro que compartiría junto  a su familia después de cumplir con el deber que el país había puesto en su destino: “Cada día se robustece más mi fe en el triunfo, a pesar de todas las dificultades. Ni un momento he dudado jamás (de) que nuestra separación terminará y volverá nuestra suprema felicidad con la completa libertad de Cuba.”

El éxito, era para él, consecuencia de la firmeza en los propósitos y de una voluntad inquebrantable que debía apoyarse en la justicia y en los derechos del pueblo. Soñaba con su Cuba libre, y a la vez, con su hogar. A su esposa confesó: “¡Ah, una hora a tu lado! ¡Una sonrisa, una mirada tuya! ¡Una caricia de nuestros chiquitos! Me parece todo esto, un delirio ¡Si al menos tuviera un retrato tuyo con ellos! ¡Todavía me acompaña constantemente el que pusiste un día en mi cartera ¿lo recuerdas? ”

En tinta martiana

Ignacio Agramonte

El Apóstol, quien  pintaba a los héroes de carne y hueso, definió a Agramonte como un “diamante con alma de beso” y como un “ángel para defender y niño para acariciar”. Martí pudo reconstruir el retrato hablado del Mayor, a partir del testimonio de los emigrados que lo conocieron durante la Guerra de los Diez Años.

“Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable que es la que arranca de la limpieza del corazón. Se sonrojaba  cuando le ponderaban su mérito. Se le humedecían los ojos cuando el amor le besaba la mano (…) De cuerpo era delgado, y más fino que recio, aunque de mucha esbeltez (…) Era como si por donde los hombres tienen corazón, tuviera él estrella. (Obras Escogidas, tomo II, página 237).

El Maestro  fue descubriendo en el mismo hombre al apasionado por Cuba y su esposa: “¡Acaso no hay romance más bello que aquel guerrero, que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de palmas junto a su novia y su hijo!: “Jamás, Amalia, jamás seré militar cuando acabe la guerra! Hoy es grandeza, mañana será crimen! ¡Yo te lo juro por él, que ha nacido libre! Mira, Amalia: aquí colgaré mi rifle, y allí, en aquel rincón donde le di el primer beso a mi hijo, colgaré mi sable!

En tinta martiana quedó grabada parte de las proezas humanas que el héroe dejó escrita para la historia:  “¡Aquel era, (…) el que enseñó a leer a su mulato con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles; el que (…) parecía que curaba como médico cuando censuraba como general; el que cuando no podía repartir, por ser pocos, los buniatos o la miel, hacía cubalibre con la miel para que alcanzase a sus oficiales, o le daba los buniatos a su caballo, antes de comérselos él sólo, el que ni en sí, ni en los demás, humilló nunca al hombre!”

Fuentes consultadas:
Obras Escogidas de José Martí, tomo II, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2002
Oculto en mi pecho bravo. Cartas de amor y de combate, Editorial Abril, La Habana 2006.

Por Randy Saborit Mora


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