Posteado por: literartevueltabajero | 2 marzo, 2010

Personal e ingenuo, un libro del poeta Nelson Castillo

Presentación del libro Personal e ingenuo de Nelson Castillo

Presentación del libro Personal e ingenuo de Nelson Castillo

Palabras pronunciadas por Silvia Oliva, Directora de la Casa Taller Pedro Pablo Oliva en la presentación del libro Personal e ingenuo del poeta Nelson Castillo.

Como fenómeno de postguerras –mundiales o personales-, el hombre ha puesto en crisis su sistema de valores. Se ha situado frente a lo que es y a partir de este acto deconstruye y construye una nueva realidad filosófica o psicológica, un nuevo significado o esencia vital.

El libro que hoy nos llevaremos a casa nace de las manos de un hombre complejo; emerge del peor de los destierros vividos, del destierro interior.

Personal e ingenuo es una breve antología de poemas donde Nelson Castillo (1966) –poeta pinareño- ha pretendido desnudarse tal cuál es: con sueños, miedos y frustraciones. A nosotros, voyeurs, hipócritas lectores, nos ha abierto una hendija para penetrar en su mundo.

Sin rebuscadas imágenes ni falsas construcciones, la lírica del libro nos muestra al poeta como el gran espectador de la vida. ¿Quién lo ha desterrado? ¿Qué sentimientos le cuecen?

Historia de un poeta (1997), primera parte del libro, dibuja con trazos ágiles los sueños y obstáculos a los cuales se va enfrentando el bardo. Breves son los versos, sentenciosos, empeñados en descifrar la realidad. Dentro de las situaciones ambiguas y la constante sospecha del iniciado, el hombre se colma de impresiones. La verdad pertenece a lo divino, pero el poeta no teme expresar su propia condición, aún cuando esta será censurada por los otros.

¿Quiénes lo juzgan?,  ¿Dónde habitan sus inquisidores?

Advertimos en la reiteración de algunas imágenes poéticas, un recurso empleado por el autor para trasmitir la monotonía en el ciclo vital, una suerte de obsesión con la vejez y la muerte.

“Tu rostro se marchita, Maribel” (Desconsuelo)

“El rostro de mi padre se marchita” (Epigrama inconforme)

“Hay hombres que marchitan la ciudad” (Deuda)

La selección de poemas de Habitantes de un tiempo que termina (1999) –publicado antes por Ediciones “Como un ave”, Casa de la Poesía, Ciudad Habana,- vislumbra el epílogo del siglo.

Su visión del futuro descarta la esperanza. Presagia una muerte que le cercará y se mantendrá latente en todas sus representaciones, y ese augurio de la catástrofe inminente acrecienta su angustia.

¿Es la llegada del nuevo siglo para el bardo la entrada al Infierno de Dante: “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”?

La vida es una carrera de maratón
donde el hombre sobrevive,
salta trampas que los cuervos tienden
(Autorretrato)

¿Contra quién lanza su agonía existencial? ¿Cuál es su sentido de vida?

Por su parte, La cuerda floja (2003) evidencia el aislamiento y la incertidumbre.  Ahí está parado frente al mundo, provocándolo. Tal parece que el tiempo se ha eternizado en su mirada. La vida es un desafío; la supervivencia, una apuesta cotidiana. El poeta intenta salvarse.

El mundo es una pista de caballos ciegos,
y soy el único jinete que sobrevive.
(El único jinete)

La pérdida, la soledad, la monotonía, la desidia, el silencio, la vida entre los muertos: el sinsentido de la existencia es su único sentido. El sujeto lírico vive un envejecimiento prematuro. Se halla maniatado. La incomunicación prevalece en los marcos de su vida cotidiana.

“Ahora que soy un pez
en la oreja de dios,
una corona azul en la distancia,
apenas el sueño inmóvil”
(Desdoblamiento)

Además de ser ámbito necesario para la creación, tal vez este mutismo autoinflingido se derive de la desvalorización de sí mismo, lo cual le provoca una obsesión nihilista.

Los apostadores se miran con la fuerza del
odio,
la carta llega en busca de su miel,
lo que soy sirve de poco.
(Triángulo de luz)

El marginal (2007) es el colofón del libro. El poeta ha declarado finalmente su destierro. Lo ha nombrado porque es el modo de hacerlo realidad.

Soy el desterrado,
nunca publiqué un libro
en mi ciudad.
(Desterrado)

Ha sido expulsado de su tierra y contra ella esgrime sus armas. La ciudad donde vive protagoniza este momento. Nombra a quienes permanecen en ella como islas, les celebra el modo en que persisten en sus sueños e intenta asirse a un ideal o bien se revela ante los modos en que sus iguales se las ingenian en el mundo.

Sale a la calle para inventarse aplausos,
ninfas de afrodisíaco y el estrechón de los
amigos.
(Elogio del amigo, a Luis Hugo Valín)

Puede que haya en Personal e Ingenuo un regodeo –al estilo de César Vallejo (frase inspiradora del libro)- en el dolor y la muerte. Sin embargo, el materialismo del poeta peruano no envuelve a Castillo. La presencia de Dios vive, pero no en su sentido humanista del perdón, sino en aquel que emite sentencias y castiga. Su visión está bautizada por la resignación.

Algunas imágenes recordarán al gran Eliseo Diego. Comparte con él la verdad del poeta: el parto tormentoso de la creación, el mensaje de escritor moribundo, la vivencia melancólica de la existencia. Sin embargo, en el dolor de Castillo laten venas de resentimiento.

Pero hay algo que nos ampara del caos, de la muerte precoz, del abismo. Es el amor, como remanso de paz, el que le ofrece al poeta una luz dentro del mundo agonizante. La exquisita relación con el amor -unas veces erótico-carnal; otras, filial – escarba en sus sentimientos, alivia la desazón.

Una mujer fluvial me arrastra
a este diluvio seco de violencia.
(Diosa del agua, La cuerda floja, 2003)

La madre es el refugio espiritual del poeta. Le canta en busca de consuelo y le destina su esperanza, con ella cierra su periplo por la vida.

Mujer, por siempre intacta,
savia de mi cuerpo y mi esperanza.
(Elegía, El marginal, 2007)

Personal e ingenuo es un libro existencial. A la usanza filosófica de mediados del siglo XX, Castillo considera al mundo como un lugar que dejó de ser apacible. A finales de los ’90, el tiempo en que Castillo comienza a escribir con intenciones literarias más serias, la realidad de nuestra región era convulsa. El debate dentro de un incipiente movimiento literario –El barco ebrio, Vitral, Deliras, Cauce, la Loynaz y las pandillas literarias (término acotado por Gleyvis Coro en uno de sus poemas)- se tornaba en lucha por la supervivencia en el ámbito intelectual de la provincia. De estas contradicciones, unos escritores emergieron de modo aplastante, algunos formaron una coraza personal, otros se replegaron, pocos desistieron.  Al cabo de los años una lección fue heredada: para el verdadero artista parir es una condición vital, para ello, al margen de si existen o no zonas plurales donde fluir y prosperar en la corriente de la sociedad, siempre el creador se edifica su propio espacio.

A pesar de que los poemas de Personal e Ingenuo pertenecen a cuatro momentos de creación de Nelson Castillo, la exquisita selección de su editor, le brinda una coherencia armónica al libro. No quiero dejar de mencionar la insuperable elección de la obra de portada “Sueños de esperanza”, del pintor Abel Morejón Galá quien nos prepara para la ruta literaria.

Hoy Ediciones Loynaz ha traído de vuelta al desterrado, “de vuelta de todos los caminos” –como dijera Luis Hugo Valín-; le ha ofrecido hogar, cama tibia y alimento. Personal e ingenuo, puede darle un vuelco a la visión del poeta, aún cuando las circunstancias que implican publicar un libro, apuntan al preludio de una nueva guerra en el camino interminable de la creación.

Por Silvia E. Oliva Saínz


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