Posteado por: literartevueltabajero | 25 mayo, 2010

Cuento: Preámbulo al saludo

Apretar fuerte, imprimir energía en el saludo: se acordaba de las recomendaciones del último taller que había escuchado en el hotel sobre entrevistas de trabajo. Siempre estaba tras el gerente para que lo pusiera como responsable del sonido de los eventos; como nadie quería aburrirse en esas reuniones, salvo él, casi siempre lo dejaban. A los otros no les importaba aprender, pero a él sí, por eso le gustaba el trabajo en el hotel. Se metía a todo seminario que podía. A lo lejos miró al gordo. Siempre había tenido aquellas manazas gruesas y esos dedos gordos, como si estuvieran cosidos a esa mano fofa. Miró sus propias manos lisas, morenas. No entendía cómo alguien con aquel volumen podía controlar el negocio en la favela. Ya estaban cerca, pero aún tenían que subir la última cuesta. Iban rodeados de los mismos niños, porque eso eran, niños. Él había leído a Freud a Foucault, pero aunque no lo hubiera hecho, todos lo sabían, en esa patología social que sufrían, la policía atacaba las consecuencias y no las causas. Consecuencias, los niños muertos. Causas, las clases medias consumidoras de maconha. Estuvo viendo al gordo, se alisaba el bigote, se pasaba los dedos por la boca. Le dio asco, quiso regresarse, decirles que se había arrepentido, que su mamá se había puesto mala de nuevo, cualquier cosa.

Um tiro nas costas o derrubou. Acho que murreu cedo. Gritos, barulho, rajada de metralhadora longe, perto. Aconteseo diante meus próprios olhos. Não fiz nada. Não pude.

No quería enfermarse. Afortunadamente ya había pagado la última letra de la deuda de la frigorífica, pero se habían quedado sólo con un kilo de frijoles y el trozo de carne seca que les había llevado Carmen la curandera. Seguramente no comerían más que feijoada rala el resto de la semana. No lo habían llamado del hotel. Le dijeron que lo llamarían cuando la situación se estabilizara. No se había estabilizado y no lo habían llamado. Él había ido ya dos veces pero le habían dicho que no había clientes, que con la epidemia la gente estaba asustada y que los europeos no habían llegado. Que si lo necesitaban lo iban a llamar, que ya sabía. De eso ya hacía dos meses. Intentó y al principio no le dio importancia, pero cuando su madre le dijo que ya se había gastado lo último del guardado tuvo que salir a buscar jale donde encontrara. El hotel no lo iba a llamar, estaba seguro.

El cara Flávio siempre le estaba diciendo que le ayudara con el trabajo. Que no se iba a arrepentir, que con lo que sacara hasta podría terminarle el barraco a su mama o hasta hacerle una casa en una colonia decente, que él tenía talento para eso, que les caía bien a los jóvenes. Él nunca lo había considerado. Ese trabajo nunca lo volvería a hacer. Una vez, solamente una, se había metido en esos enredos y le había costado tres años en el bote y el recuerdo de ese niño muerto, por no contar las enfermedades de su madre por la preocupación. Pero ahora con aquella necesidad, él era capaz de volver a aquello. Se acordaba de todos los detalles como si hubiera sucedido ayer, como si fuera el mismo Funes de Borges, encarnado. Todo había comenzado por las incursiones sorpresivas del Comando dos Amigos por la parte norte. Ya hacía un año que los mandos altos del Comando dos Amigos se habían propuesto tomar el morro a bala y sangre, y eso no lo iban a permitir. Todos estaban metidos en los preparativos para frenar los asaltos. Al menor tiroteo, la barriada se volcaba agresiva contra el enemigo. No se habían hecho el morro y no lo hubieran hecho de no haber errado ese día la táctica. Todos andaban nerviosos, hasta él que solo eran un vendedor en la boca de la favela. Todo inició en una aparente calma. Esa tarde no había vendido mucho y estaba enamorando a la flaquita Juliana Farías, la más linda de las hijas de la dueña la lonja de la esquina, doña Vera, cuando pasó corriendo el avión: “La policía Marcinho, la policía, vuélale”. Luego luego se escucharon las ráfagas de AK-47. Ellos sabían que por regla estaba prohibido meterse con el gobierno porque las repercusiones se ponían difíciles para toda la barriada y tardaban meses en dejarlos en paz pero, después se enteró, hubo una mala comunicación. Los aviones fallaron y se corrió la voz que el Comando dos Amigos entraba por la misma boca del morro. Por eso abrieron fuego de inmediato y de inmediato se alebrestó el enjambre de policías. Lo que era un operativo de rutina, se convirtió en la mayor balacera de los últimos años. Y para ellos, para él, la mayor desgracia. Los diarios del día siguiente dijeron que los proyectiles llegaron hast a el periférico por la parte del cementerio y que hasta lo tuvieron cerrado un rato para proteger a los civiles.

El avión se llamaba Marcos de Souza, era el mismo que lo había alertado, el mismo que lo había seguido en las vicisitudes de la venta desde el inicio como si se lo hubieran asignado. Y es que cuando se sintió atrapado en el fuego cruzado se quedo paralizado, sólo se agazapó tras un poste a merced de la desgracia. Y no es que aquello le fuera desconocido. Como habitante del morro estaba tan acostumbrado a los tiroteos como al feijão trompero, pero una cosa era escuchar las ráfagas debajo de la cama y otra muy distinta sentirlas detrás de los oídos. Nunca iba a saber qué hubiera pasado si Marcos no se hubiera regresado a socorrerlo. De pronto vio a los policías tomando la esquina de la calle donde él estaba atrapado. Los pocos de ellos que estaban haciendo frente al gobierno en ese lado, se estaban alejando. No era costumbre en la barriada, pero lo estaban dejando solo. Cuando le restaron cinco tiros dejó de disparar. Iba a intentar salir de ahí. Era muy arriesgado, no quería. Pensó que si no se movía, si se rendía, no lo lastimarían, que con suerte se encontraría con policías honestos y sólo lo encarcelarían, cosa que de todas formas había sucedió. Ya estaba decidido a jugarse su última carta cuando salió Marcos en la contra esquina quemando bala. No lo dudó y salió despavorido. En la huida, vio caer cuando menos a dos policías. Había corrido como loco, como nunca lo había hecho. Vio las ráfagas incrustarse en el asfalto delante de él, a un lado, pero bendita la señora Aparecida, no le pasó nada. Marcos lo aguantó todo el tiempo hasta que él se barrió detrás del muro. No se había dando cuenta, el chico ya estaba herido. “Vuélale Marcinho”, le volvió a decir cuando caía de bruces. No supo qué hacer, arrojó el arma, a quemarropa se arrojó por el cuerpo.

De eso ya habían pasado quince años, él prefería no acordarse. Por eso no quería volver a aquello. Ya otras veces se había hallado en apuros de dinero y más tarde que temprano y mal que bien se habían arreglado sus asuntos, pero esta vez ya estaba desesperado, no encontraba el camino. Ya Flávio le había arreglado una cita con el gordo Gonçalo. Sólo de verlo a lejos con su gordura enfermosa y sus maneras desfachatadas, quería regresarse.

Gritei, pedi socorro: ninguém. Olhe a ladeira interminable. Todos salvando suas vidas, fugindo. Arrojei a arma, aventei-me ao tiroteio, o tomei em minhas mãos. Era só um minino, caralho! Quinze anos, no mais. Uma criança.

Las manos del gordo manoseaban su mismo cuerpo como ultrajándolo. Pensó en todos los rincones del cuerpo que esas manos habían tocado. Ahora los dedos gordos estaban dentro de las fosas nasales. Empezaron a subir la ladera. Quiso pensar en otra cosa, como las cosas que haría con el dinero que ganaría. Pero sus ojos regresaban a las manos del gordo, las mismas que dentro de un momento entrarían en contacto con las suyas. Sólo faltaba que se enfermara. Nunca se enfermaba. Cada año se vacunaba contra la influenza. Su amigo, el doctor Almeida, le decía “Marcinho ya tráete a doña Concepción para la vacuna”, y él la llevaba, y los vacunaba a los dos. No salían de la cama por un día: sentían el cuerpo molido y los malestares del resfrío, pero eso era todo. Al segundo día como si nada y de ahí en adelante. No quería enfermarse. El gobierno ya había vuelto a cerrar las escuelas, los restaurantes y prohibido las reuniones públicas. La epidemia había regresado más mortífera, no los había agarrado desprevenidos como las primeras veces pero la gente ya estaba cansada de todo eso. Aunque hasta a las enfermedades masivas se acostumbra uno, pensaba. Mientras quede un hilo de vida, uno se va a acostumbrar a todo lo que sea necesario. Desde antes del invierno, la gente se armaba con cubrebocas, antibacteriales y la mezquindad obligatoria de acortar las conversaciones en aras de la prevención. Sin embargo, él no se acostumbraba a platicar con aquellos miramientos, como si se estuviera platicando con un enemigo. Se ponía a pensar y llegaba a la conclusión que no había discordia más eficaz que una pandemia. De poder estrecharía a todos de mano y les daría un abrazo. Era capaz, y si se detenía no era por él, sino por la gente que ya no lo iba a volver a saludar, lo tildarían de loco. Porque habría que estar loco para hacer eso estando las cosas del tamaño que estaban. Le habría gustado anteponer esa amistad primigenia a cualquier virus mortífero. Ante todos, menos ante el gordo fofo. Alzaba los ojos y lo veía. Le repugnaba más su falta de higiene que su falta de escrúpulos. Sus actividades criminales cumplían una función. Hasta cierto punto era un engrane necesario en el motor económico y social, pero su falta de higiene era una falta de hábitos y eso no se le iba a quitar ni reformándose de sus ilícitos. No lo iba a saludar, le diría que la epidemia había llegado severa, que pensaba que estaba contagiado, hasta fingiría una tos. El gordo se asustaría. No lo saludaría. Ya estaban llegando, ya se oía lo que el gordo le decía a la mujer con la que platicaba. Se sobaba la nuca, se fregaba un ojo, se ajustaba la entrepierna del pantalón. Él siempre había sido un hombre fuerte pero iba a vomitar, tenia repugnancia. Se paraba abriendo las piernas para darse elegancia, él sabía que lo hacía para conservar el equilibrio. Quienes terminarían de echar el país por la borda no serían los políticos ni el narcotráfico, sino el sobrepeso y la influenza, no tenía dudas.

¡Márcio! —le gritó el gordo Gonçalo sonriendo.

Ya casi llegaban al barraco donde estaba. Disminuyó el paso.

—Déjame tomar aire, cara —hizo una pausa—. Parece que con los años los pulmones se me están encogiendo Flávio. Tú que estas joven fuma todo los que puedas ahora. Todo lo que puedas Flávio.

Ninguém assistiu ao velório. O cemitério São João Batista esteve vazio. Salvo a mãe e as namoradas, duas delas grávidas, ninguém. Chorei como se fora meu filho. Prometi nunca voltar a isso. Jamais.

El gordo si reía de ellos. Su mano ahora estaba en el trasero, ahora la movía en el aire, le platicaba a la loira. Si el gordo trataba sus manos así, así también trataba sus pensamientos, sus creencias y su vida. Las manos como reflejo de la vida. El creía en eso, en la lectura de las manos en movimiento: en una conversación, en las mímicas diarias, en las maneras: ademanes elegantes, firmes, finos, enérgicos. Las manos como cartas de presentación del cuerpo. El gordo se rascaba el cuello, se mordía las uñas. Finalmente habían llegado. Fue un momento breve, miró sus manos firmes. No estaba sorprendido, el día en que la gente no podría ni saludar al prójimo por una enfermedad iba a llegar más tarde que temprano, ya había llegado a su barriada. Había pueblos como el suyo que vivían en un círculo vicioso-social con el efecto de la bola de nieve. Tampoco le asombraban las mutaciones genéticas del virus, las maromas que había hecho entre especies hasta llegar al humano. Todo era posible y ellos estaban ahí en la primera fila.

—Marcinho —el gordo lo abrazó, le tendió la mano.

No reaccionó. Ya estaba ahí, a eso había ido. No quería, pero, cuántas cosas no había hecho en su vida que no le habían gustado y sin embargo las había realizado. La vida era un balance situacional entre la satisfacción pretendida y el costo para alcanzarla, cada quien pagaba un costo diferente, unos más otros menos, pero todos pagaban o casi todos. Pensó en su mamá, en el dinero y apretó la mano fláccida y la agitó en un saludo prolongado. Después, dejó de reflexionar, sentía que le encarcelaban el albedrío.

Para su fortuna el encuentro había terminado pronto. Después del saludo, en la misma mano le pusieron una pistola beretta y un puñado de billetes. “Bienvenido”, le gritaron ya cuando iba lejos.

Tonatiuh Damian

http://www.palabrasdesnudas.com

tonatiuh.damian@palabrasdesnudas.com

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