Posteado por: literartevueltabajero | 23 junio, 2010

FIGURAS: La cubanía de Dora Alonso

Dora Alonso

Dora Alonso

Dora Alonso solía afirmar, con especial énfasis cuando se encontraba entre amigos, como también ella misma calificaba a sus lectores, que en su cultura floreció, como sustancia y nutriente, el acervo de las tradiciones populares, incluso de esa suerte de mitos y religiosidad que bebió en su infancia, cuando la crianza de aquella niña fue alimentada por una mujer negra que fue su nana.

Allí, en esas raíces está la respuesta al universo de su fabulación y, sobre todo, de esa cubanía que se respira en cuanto escribió, más allá de las diferencias de género o de vías de expresión, ya fuera que su producción se realizara con fines periodísticos, desde la naturaleza de la crónica, para la radio y la televisión, horizonte que tuvo en Dora a una de sus mayores exponentes, como cuando se proyectaba hacia lo que se llama como “las bellas letras”, es decir, a su obra literaria.

Otra mujer de naturaleza vehemente y entraña popular, al tiempo que cultísima, como lo fue la desaparecida Excilia Saldaña, al explorar en la creación de Alonso, señalaba: “Heredera de dos culturas —España, en el idioma y la lengua. África, en el misterio y la leyenda—. Dora lleva de ambas esa sabiduría en el contar que sólo posee el pueblo. Y al pueblo, a su patria, a este archipiélago mulato, le devuelve lo que aprendió de su espacio antillano: el crecimiento de la luz, la altura aérea, sutil, la hipérbole humorística, la prisa que se convierte en síntesis…”.

En el 2010, y cuando nos topemos con el calendario para llegar al 22 de diciembre, se cerrará el ciclo de homenajes al centenario de su natalicio, pero en este marzo, mes que se inscribe dentro del tributo a la mujer a escala planetaria, nos detenemos también para evocar a Dora, cuya ausencia material se produjo el 21 de marzo del 2001, aunque su obra la trascendió, se convirtió en una suerte de hada madrina, mientras se esparcían (en correspondencia con su voluntad) sus cenizas por el Valle de Viñales, escenario emblemático de sus afectos y emociones y que ella convirtió en personaje de su noveleta “El valle de la pájara pinta”, con la que obtuvo su segundo Premio Casa de las Américas.

Libre de afeites y de hermetismo, desde la fuente de la oralidad, surge el oficio de la palabra en Dora Alonso, como vía de expresión, de apelación al otro, desde la intrínseca necesidad de la comunicación y el diálogo que es explícito siempre en su poética como artista, y lo es incluso cuando testimonia la batalla de Playa Girón en las páginas de la revista “Bohemia”, como cuando esa mujer reúne sus crónicas de corresponsal de guerra en su libro “El año 61”.

Por eso, en este año que es suyo por derecho y creatividad, también nos aproximamos a esa escritura que pobló el éter, mientras luchaba con los dueños de las jaboneras que intentaban minimizar su obra y descalificar a los oyentes de sus radionovelas, palabra la suya que navegó entre gaviotas por las arenas blancas de su querida Varadero, matancera de orígenes como lo era, que fue canturía campesina entre los soñadores y las fábulas y que escribía sencillamente desde el corazón, con la misma sapiencia de sus ancestros, tanto en la obra de su narrativa, en novela y cuentos, para adultos, como en ese tesoro infinito de cuanto produjo para la niñez y la infancia, con amorosa entrega, entre las travesuras de Pelusín del Monte, de Guille, tras las huellas indelebles del cochero azul.

Por Ignacio M. Doubrechatt

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