Posteado por: literartevueltabajero | 2 agosto, 2010

EN PRIMERA PERSONA: El último paso del conquistador

Las tierras de Norteamérica se extienden impracticables. “Bajo el lábaro umbrío”, estandarte en sombra del espíritu y el cansancio, navegan tristes los soldados. El viaje ha sido largo, inmenso en el recuerdo de “esta noche silente”.
Todo debe quedar en el más profundo secreto, en el curso de las horas apagadas y quietas. El fin del sueño del hombre, siempre segundo en las grandes conquistas, siempre heroico pero nunca el único. El primero, ese era el sueño: alcanzar la gloria que sólo es posible para el hidalgo que pisa y pacifica la tierra nueva. Los otros, sus seguidores, viajan, se “empenachan con luces”, con las “estrellan brillantes”. Ojos abiertos en el cielo extraño y conocido por todos. Odiado muchas veces a lo largo de batallas y esperas, observado en cada petición, interna, de retorno al punto de partida. El plan es claro en sus mentes, quizás por contraste con la oscura intención de sus actos.

El héroe ya no marcha, tal vez no sospeche su destino, ni los propósitos de sus fieles cansados, presos de abandono y desesperanza. El “Misisipi remeda su gran duelo inclemente”, los sigue en su camino, ahora, como los recibió en su primer encuentro, donde el líder sí fue el descubridor. Pero careció de importancia el agua brava, sólo un obstáculo, pensaron entonces. El oro era la meta y, sin embargo, es el arrastre de las “aguas mudas y agonizantes” lo que queda para todos, incluso para él.

Es tarde en el gran río descubierto, nuevo para el Viejo Continente y sus mapas, antiguo para los nativos de los que se ocultan, sentados en “anchos bateles”. Sus embarcaciones que cruzaron con furia y empeño el caudal, en el viaje de ida, y en este instante se dejan llevar, a la vuelta, en derrota. Se siente su navegar, ¿serán perceptibles los golpes del agua contra los costados? Estos son los temores de todos. Cursan el tramo en “indecisa hilera” que “brota”. Las heridas han sido muchas, como muchos han sido lo perdidos en batallas frente a los más fieros indígenas. Así los llaman y los calculan y los adivinan en sus asaltos guerrilleros y sangrientos. Al principio, no pudieron doblegar el ánimo del adelantado; luego, él mismo se vio hundido en las ganas de volver, de retirarse a la isla de su gobernación. No hubo paz en su alma, quizás por eso haya sucedido todo, quizás por eso se vean desde lejos los “hachones humeantes”. La pequeña caravana “avanza por la linfa”, se hunde, tal parece, bajo el peso de su carga de tristeza y miedo. Parece un “montón viviente”, un ser monstruoso y tímido que sólo se muestra a la luz de la luna. ¿Es ésta una noche de luna? No lo creo, no se tomarían el riesgo de exponerse a lucha desigual. La superficie líquida los hubiera perdido, en caso de sorpresa violenta. Sin embargo, los enemigos no se presentan, guardan respetuoso silencio. Como si comprendieran y aceptaran aquello que se les oculta, dejan pasar en calma el “sepelio extraño, sin cruces ni estandartes”.

Las lanchas se detienen, “hace alto el cortejo” del gran señor. Los recuerdos abruman a los marinos que “embisten las gabarras”. Posiblemente se enfrenten ellas mismas, sumidas en la vergüenza del entierro secreto, del paso oculto del guerrero, el gobernador autodespojado de bienes en pos de la gloria. El líder firme y seguro, soñador en medio de incrédulos, cuyos rostros se iluminan al “coruscar las teas”. Los honores se ciernen dentro de cada uno, los llevan debajo de las corazas fulgentes. La seriedad los alza, los convierte en un “séquito alto”, sin importar las pasadas penas.

Eran unos miles al partir, ahora “cien lanzas cabecean”. El último paso del conquistador es dado por otros. Las garras se cierran y levantan el cuerpo de aquel hombre, inmortal según la creencia de los indígenas, batido por la más prosaica fiebre. De ahí la desesperación, el profundo secreto de su entierro “entre las olas turbias”, a trechos fulminadas por el fuego de las antorchas o por la miradas que las desprecian desde los botes. “El féretro se hunde”, se pierde la burda caja, “la oración se eleva”.


FUNERALES DE HERNANDO DE SOTO

Por Regino E. Boti

Bajo el lábaro umbrío de una noche silente
que empenachan con luces las estrellas brillantes,
el Misisipi remeda un gran duelo inclemente
al arrastrar sus aguas mudas y agonizantes.

De los anchos bateles un navegar se siente;
brota indecisa hilera de hachones humeantes,
y avanza por la linfa como un montón viviente
aquel sepelio extraño sin cruces ni cantantes.

Hace alto el cortejo. Se embisten las gabarras;
al coruscar las teas los rostros se iluminan
y fulgen las corazas que el séquito alto lleva.

Cien lanzas cabecean. Echa el cocle sus garras
y entre las olas turbias que a trechos se fulminan
el féretro se hunde y la oración se eleva.

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